25
No me hagas reir
Publicado por admin | Publicado en Experiencias | Publicado el 25-05-2009
Llego a las cajas del supermercado y pienso en qué fila elegir. Este es uno de los momentos en los que siempre me acuerdo de Murphy. Observo y al final elijo la fila a mi derecha, sólo 2 chicos, cada uno con su cesta, pero, aún así, cruzo los dedos buscando acabar rápido, son las 2 de la tarde y me apetece comer.
La primera sorpresa llega en el momento en el que veo que el primer chico paga una caja de leche y que ésta es toda su compra, como un rayo a mi izquierda se cuela una señora mayor con varios paquetes de yogures; es la propietaria de la primera cesta en la fila… ¡vaya! ya no son 2 personas si no 3 las que están delante.
La señora va colocando las cosas en la cinta pero recuerda que le falta algo más y se vuelve a buscarlo mientras el cajero comienza a pasar su compra. Prefiero pensar que de repente se acordó de algo que se olvidaba, porque la otra alternativa es pensar que la señora ha hecho la mitad de su compra en excursiones desde la fila en la cajas. De nuevo vuelve con una botella de aceite, justo a tiempo para indicarle al cajero que antes de pasar el bote de judías le compruebe por favor la fecha de caducidad. Las 3 personas que están detrás de mí ya empezamos a ponernos algo nerviosos, a la vez que vemos avanzar la fila de la izquierda con una celeridad inusual en un supermercado, maldito Murphy… Después de no localizar la fecha, finalmente la señora decide no comprar el bote y procede a pagar el resto de artículos, con la consiguiente inversión de tiempo en localizar los treseuroscondiecisietecentavos en monedas sueltas, acto que probablemente sería muy apreciado por un establecimiento que no tuviera cambios, pero hoy no es el caso de este supermercado. “Buff, buff, menos mal que ya queda poco” oigo decir a mis espaldas, ingenua…
Con toda la compra en la caja e impidiendo casi que el cajero cobre al siguiente chico, la señora se va a recuperar su carrito de la compra y tarda en volver una eternidad, está mirando la cuenta, ante lo cuál ya el cajero le dice un “Señora, por favor, qué se me va a dormir en la cola a este ritmo” claro, la fila ya llega a las 8 personas que empiezan a impacientarse. “No me hagas esos comentarios graciosos porque sé que todos tenemos prisa a estas horas” dice la señora en un intento (baldío, claro está) de empatía con sus pacientes seguidores, y me refiero, claro está, a nuestra posición en la fila.
El siguiente chico recoge su compra como puede, metiendo los productos en bolsas a la vez que el cajero los pasa por el escáner, paga y se va. ¡Por fin! llega mi hora, tras 15 minutos en la fila y comienza a sonar el bip de mis productos que voy metiendo en bolsas a la vez que la señora sigue recogiendo su compra.
“Todos tenemos que reírnos más, pero claro mientras no jubilen a Zapatero” Esto ya es demasiado, la paciencia de una mujer detrás de mí se agota “¡Pero qué tendrá que ver eso ahora!” La sonrisa del cajero consigue apaciguar los ánimos y yo pienso: “tiene usted razón, tenemos que reírnos más, pero es que usted no me hace gracia!”


